jueves, 1 de marzo de 2012

ARTES Y OFICIOS

25. El mundo perdido                                                                            
3 enero 2012

Desde tiempos del diluvio universal no se recuerda un cambio tan radical de la humanidad como el ocurrido de cuarenta o cincuenta años a esta parte, como si una especie de huracán o tornado gigantesco, impulsado por un progreso científico y tecnológico imparable, hubiera engullido y hecho desaparecer para siempre una grandísima parte de los objetos, utensilios y herramientas de uso común durante siglos, así como las tareas y costumbres de quienes las utilizaban. Piénsese, sin ir más lejos, en las faenas del campo relacionadas con los cereales, desde la preparación de la tierra, el cultivo, la recolección y la faena en las eras, hasta llegar  al molienda; o en los medios de locomoción ya inusuales, desde el conocido coche de san fernando a todo tipo de caballerías, carros, carreteras, tartanas y demás carruajes. Y lo verdaderamente angustioso para los que hemos sido protagonistas o espectadores de esta vorágine es que no solo hemos visto el proceso completo de su desaparición, sino también de la pérdida de la memoria colectiva de los mismos, que sólo se conserva en la nostalgia de los más longevos, en algún museo etnológico y en los testimonios, casi incomprensibles para las nuevas generaciones, que nos ha dejado la literatura, como ocurre con Miguel Delibes.
   Como testimonio de que los tiempos avanzan que es una barbaridad, haciendo que usos y formas de vida de tradición secular hayan desaparecido como si hubieran sido devorados por la vorágine de un nuevo diluvio universal, que también hubiera acabado con su memoria, querría mencionar también algunos oficios raros, e incluso estrafalarios y rarísimos, impensables en el mundo de hoy. Todos estas ocupaciones, de carácter itinerante, fueron conocidas por este cronista o por sus más directos ascendientes en su entorno rural, en la posguerra -durante los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo-, aunque algunos parezcan tan lejanos y remotos que se le presentan a uno más bien como una ocurrencia soñada que como un testimonio vivo y palpable de la España famélica y triste, destrozada por la injusticia y la guerra. Me refiero a jaraperos, gitanos lañadores y canasteros, cacharreros de cerámica, fabricantes de aletría, recoveros, capadores y, especialmente, de los  perruneros, de los que un día hablaremos.