jueves, 8 de marzo de 2012


LA FERIA DEL MUNDO

26. La aldea global                                                                                

Durante siglos, la comunicación a distancia se hizo por métodos muy rudimentarios: hasta hace poco en los pueblos y zonas rurales las noticias, avisos y alarmas se transmitían mediante toque de campanas, sonidos de cuernos y caracolas o estridentes silbidos. Después vinieron los nuevos inventos –el teléfono, la radio, la televisión, Internet…- que aunaban inmediatez y largo alcance para la información. Así íbamos rompiendo las barreras de la distancia en aras de una civilización universal que nos haría más informados, más sociables y, en consecuencia, más felices.
   Pero hoy a casi nadie sorprende ni maravilla que la máquina insigne de la comunicación de masas haya llegado a extremos tan disparatados que esté a punto de desnudar en su ignorancia a millones de españoles para sumirlos en un estado de imbecilidad irrecuperable. Y es que, lejos de enriquecernos con el acceso a los medios de información, son ellos los que nos dominan y nos arrastran a la más desvalida inanidad. La imagen de la aldea global, con la que McLuhan representaba metafóricamente la cercanía y el conocimiento universal que los medios de comunicación electrónicos facilitan, de manera semejante a lo que se produce entre los miembros de una pequeña comunidad o pueblo, debería interpretarse más bien en sentido literal: tanta información, casi nunca sólida ni contrastada, produce en nosotros un proceso de  de acomodación, de aculturalismo, e incluso de semianalfabetismo aldeano, lo que nos convertirá en seres indefensos sobre los que granizará la información, pero incapaces de procesarla, discriminarla y extraer de ella sólo lo interesante y útil.
   Y es que también dijo el citado McLuhan que el medio es el mensaje, de manera que importa más la forma de la comunicación que la propia realidad sobre la que se comunica. Por eso, los medios de información actuales no comunican para satisfacer los intereses y las necesidades de la audiencia, sino al contrario: son ellos los que crean en los receptores unas necesidades innecesarias que son las que, al mismo tiempo, se apresuran a satisfacer.
   De entrada, valgan como ejemplo algunos casos referidos a la información deportiva, que demuestran que sus destinatarios se tragan lo que les echen, sin discutir ni la forma ni el interés que tiene para ellos esa comunicación. Vemos como el locutor de la retransmisión televisiva de un partido de fútbol no acompaña ni valora discretamente las acciones, sino que las “radia” de forma atropellada y atosigante, con un griterío descomunal y contando hasta el más mínimo detalle, convirtiendo al televidente en un testigo mudo apedreado por el disparate verbal, sin dejar que vea y juzgue por sí mismo lo que está ocurriendo ante sus ojos en la pantalla. Las cadenas de radio nacionales convierten en un acontecimiento mediático la retransmisión sucesiva, un martes, de dos partidos de de las eliminatorias previas de la Copa del Rey entre equipos mediocres de 2ª B y de Primera, que les ocupa cinco horas de máxima audiencia, habiendo suprimido los programas habituales; y estoy seguro de que no lo hacen de gratis, porque no los oyen sólo en Albacete y Oviedo, sede de los equipos inferiores, sino que la inercia aldeana lleva a escucharlos también en Arucas, Lepe y Sant Adrià del Besós, por no ir más lejos. Y algo semejante ocurre cuando el Barcelona juega un jueves en Tokio, a las once de la mañana, con un equipo de tuercebotas de un emirato árabe, la semifinal de un estrafalario campeonato del mundo de clubes.
   Dichas cadenas nacionales retransmiten también las carreras de automovilismo, escasamente atractivas, por incomprensibles, para la mayor parte de la audiencia, aunque las estuviera viendo en directo, y convierten un cambio de ruedas o un ligero derrape en una peripecia trepidante y dramática. De manera que cualquier día se dedicarán a contarnos con pelos y señales las carreras del canódromo y las partidas de ajedrez del Casino de provincias.
     Pero todo puede ir más allá, para empeorar: últimamente todas las cadenas de radio, debido al escalonamiento del horario de los partidos de fútbol, prolongan durante horas y horas los programas deportivos, al menos de viernes a lunes, si no hay partidos europeos en mitad de semana, y los domingos llegan a extenderlos durante doce o catorce horas ininterrumpidas, a costa de la desaparición de los programas habituales; y lo más disparatado y curioso es que en esos programas las conexiones y retransmisiones son ficticias, ya que los supuestos enviados especiales y corresponsales no están en el estadio sino en el estudio principal o en el de al lado, gritando y dramatizando ante un televisor, con la banda sonora del sonido ambiente, todo aquello que no pueden ver en el campo porque no les han dejado entrar; y en algunos casos, porque es más cómodo y barato que ir Manchester o Zagreb.
    Los ejemplos son elocuentes, y se pueden extender a todo tipo de medios y programas: desde los periódicos, radios y televisiones para los que determinado conflicto o caso de corrupción no existe, mientras que los de la competencia si mencionan este, pero no los que cuentan y critican los primeros; hasta los programas del corazón y la bragueta que pasan horas desgranando una dramatización truculenta en que los conflictos, acusaciones y descalificaciones son pura ficción de un guión infame previamente escrito, que el espectador cree y jalea como si fuera cierto.
   Así, los destinatarios de la información, los habitantes de la aldea global, aporreados con excesos, falsedades y mentiras, se van impermeabilizando y perdiendo la fibra sensible, además de la capacidad de discernimiento, de manera que creen que no están viendo, sino oyendo, el partido televisado; que las retransmisiones radiofónicas se están haciendo a pie de césped; que Belén Esteban y los demás sátiros y arpías que pueblan los programas cutres sufren y sienten todo lo que dicen; y que la multitud de casos de corrupción –del rey abajo, casi todos- es algo tan natural como la proliferación de retransmisiones deportivas y que las alabanzas, ditirambos y defensas a ultranza de concejales, consejeros y ministros corruptos son justos. De esa manera, miles de destinatarios de la comunicación acuden a abuchear al equipo contrario que llega a la ciudad, aplauden los excesos y bufonadas del entrenador Mourinho o participan en manifestaciones multitudinarias a favor del alcalde cleptómano porque han oído en los medios que es un bendito que, con las migajas de su rapiña, ha traído trabajo y bienestar al pueblo. Así que díganme ustedes si entienden el concepto de aldea global y la condición de los aldeanos. Y si es que lo tienen claro, les ruego me lo expliquen.