lunes, 2 de noviembre de 2015

MIS LABORES (VII)

Buscar nidos                                                                                          

Uno de los sueños del desocupado, nunca totalmente cumplido, es volver a la infancia perdida, en busca de aquel tiempo feliz en que no había obligaciones y la desocupación privativa era el juego. Y a ser posible, un juego de antaño, vivido en la libertad de la calle y del campo libre, sin el límite de las cuatro paredes en que todo es ya conocido y vivido mil veces, sin lugar para la novedad y la aventura.
   La calle y el campo eran el lugar sin límites y el mundo apresado en el tiempo en que las horas no pasaban, y las mañanas y las tardes y gran parte de las noches parecían eternas, entregados al juego, la exploración y la aventura, sin que mediara provecho alguno. Pues bien, tú cifras la vida feliz del desocupado en tener una ocupación que simbolice el no va más de la inutilidad, que se agote en sí misma, sin otro fin que hacerte feliz, como lo eras con el juego. Por eso, despojado del trabajo fatigoso y monótono, olvidado de teléfonos y ordenadores y demás servidumbres tecnológicas, transmutado en el hombre invisible para amigos y familiares, huido de todo aquello que huela a esfuerzo y faena, te declaras solemnemente buscador de nidos.
   Y como el niño que fuiste peregrinaba sin rumbo por aradas y rastrojos, por lomas y vaguadas, por ribazos y montículos, subido en los árboles e inspeccionando matorrales o metido en corrales y desvanes, a la búsqueda del nido a medio hacer, del ocupado ya por la pájara clueca ahuecada sobre sus huevos o del repleto de picos abiertos reclamando ansiosos el yantar, ya fuera de tototovía, alzacola o riblanca, de colorín, alcaudón o chichipán, de gorrión o golondrina, e incluso de abubilla o abejaruco, te dedicarás a ir de un sitio a otro sin rumbo fijo, a la buena de Dios, olvidado de la agenda, dedicado a coleccionar instantes, a tomar nota de los pequeños eventos que acaecen en la rúa, sin tener que dar cuentas a nadie de tus hallazgos, embebido en tus pensamientos y sueños; o sin pensar ni soñar nada, casi siempre como encantado, con la boca abierta, distraído, mirando al infinito, como si de un momento a otro fuera a aparecer, meciéndose en una rama, obrado en un soberbio alero o metido en un tronco añoso, el nido perfecto, el mejor modelado, el que será fuente cada año del milagro de la fecundidad y la vida.
   Y tú, un día y otro sin hacer nada, continuarás con tu vida desocupada de buscador e inspector de nidos, sin que nadie te distraiga ni entretenga, para goce tuyo y envidia de vecinos, amigos y parientes; aunque estos la disimularán llamándote con cierto desprecio el buscanidos. Lo que, para ti, será más bien un cumplido.