lunes, 2 de noviembre de 2015

MIS LABORES (VIII)

Estar en las nubes                                                                                 

Distraído amigo: Como me alegra compartir contigo esta desocupación que nos aparta de todo compromiso, dedicación o esfuerzo, me gustaría, para empezar, hablarte de un personaje de antaño que nos viene muy bien como modelo para excusar la participación en negocios y conflictos contrarios al principio de no implicarnos más allá de lo nuestro, que es no hacer nada de provecho. Me refiero a nuestro antepasado Alvar Fáñez, el Mozo, caballero de virtud y valor probados, que, habiendo sido convocado con sus huestes para el asedio de Úbeda, llegó a la cita justo el día siguiente de su rendición, alegando ante el rey Fernando el Santo que se había extraviado en los cerros que rodean la citada villa.
   Te confieso que la forma más eficaz de eludir las ocupaciones es huir física o mentalmente de la quema, lejos de la ocasión que nos obligue a abjurar de nuestros principios, ya sea a quilómetros de distancia, ya abstrayéndonos de lo que ocurre a nuestro alrededor, como si no estuviéramos allí. Así que cada uno en la medida de sus posibilidades, debe encontrar el lugar y la dimensión adecuados para ello. Los tímidos y apocados, que no se atreven a romper del todo con su entorno, pueden estar en la higuera o subirse a un guindo, que es una forma de estar y no estar, de ver los toros desde la barrera, siempre que no nos sintamos obligados a bajar de allí llevados por el remordimiento. Pero te diré que andar por los cerros de Úbeda o estar en Babia o en las Batuecas es ya marcar unas distancias que implican un desentendimiento grande y del todo loable, que nos hace libres e independientes de toda tentación de interesarnos por lo que se hace, y mucho menos de pensar en hacerlo nosotros.
   Aunque si me permites un consejo desinteresado, que no me supone ningún esfuerzo, yo te recomendaría una ubicación mucho más segura, a salvo de cualquier tentación ocupacional, lejos de este mundo terreno, perdido en las alturas del infinito, donde no existen el oficio ni el beneficio, donde no hay riesgo de ocuparse de nada. Y en esta huida hacia arriba, aunque podríamos situarnos en la luna o en los artillejos, yo elegiría, sin duda, estar en las nubes, lo que le permite a uno ser testigo privilegiado de las ocupaciones y fatigas de los de abajo, al tiempo que lo deja a salvo de miradas curiosas o acusadoras, cómodo y acunado en su mullida anatomía.
     Si te decides a irte para arriba, buen amigo, cuéntame cómo te ha ido, y yo me alegraré tanto y lo celebraré con gozo aquí, en las colinas de Aguaderas, mundo flotante y etéreo, donde ahora resido hecho un robinsón moderno imitador de las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros.