viernes, 4 de marzo de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XI): Echar balones fuera                                           

En estos tiempos de alteración y de crisis todo se difumina y se confunde, de manera que realidad y fantasía pierden sus límites, no se distingue bien lo blanco de lo negro y, como decía Gracián, no se sabe si suben o bajan los que transitan por una escalera y hay muchos que veneran como águila de Júpiter a un simple asno. Y no digamos nada de oficios y ocupaciones, muchas veces raras e incluso impropias, cosa que traigo a cuento a propósito del echar balones fuera, que uno, en su ingenuidad, siempre consideró, no una ocupación, sino acciones reiteradas que en el fútbol se atribuían a defensas marrulleros y tuercebotas que, más que contribuir a la elaboración del juego, lo entorpecían.
   Pero esta sólida creencia nuestra está quedando en entredicho, no sólo debido a las modernas teorías futboleras que defienden la posesión del balón y el juego combinativo, frente a la tentación chapucera de desprenderse de él echándolo fuera. Es que resulta que ahora, como en una pesadilla que todo lo añasca y lo pone al revés, a quienes vemos echando balones fuera es a políticos y sindicalistas, ministros, presidentes autonómicos, diputados provinciales, alcaldes, concejales, magistrados, fiscales, prebostes de organismos y entes oficiales, e incluso pedáneos y administradores de escalera.
   Nosotros, sufridos espectadores de esta ceremonia de la confusión, nos los imaginamos, puestos de pantalón corto, protegidos de medias y espinilleras y armados de recias botas fosforescentes, en la inacabable tarea de echar balones fuera con evasivas ante preguntas comprometidas, eludiendo situaciones embarazosas, negando la mayor y la menor, diciendo diego donde dijeron digo, acusando de todos los males causados por ellos a oscuras conspiraciones y a los dimes y diretes de los demás y, en definitiva, convirtiendo el blanco de la verdad en el gris o en el negro de la omisión o la mentira que encubre conductas impropias, corruptelas y corrupciones, cohechos y prevaricaciones.
   Este nuevo arte está tan consolidado que los que lo practican tienen sus propios reglamentos, verdaderos manuales de instrucciones y argumentarios con que evadir la propia culpa echándosela al contrario o, más bien, a los ciudadanos, espectadores inermes de esta ocupación marrullera a la que unos pocos se entregan con la confianza y el dinero de todos. Y no digo más, porque le voy tomando el gusto a esto de echar balones fuera.