viernes, 4 de marzo de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XII): Ponerse las pilas                                               

Cuando veo los anuncios de Duracell, con decenas de muñequitos que, como figuras de guiñol  o de un juego de autómatas, quedan parados e inermes en medio de lo que antes era dinamismo y algarabía, hasta que solo resta uno bailando al son de sus inacabables pilas, me viene a las mientes una ocupación que estas relativamente nuevas tecnologías proporciona a amas de casa, tenderos de ultramarinos, maestros de escuela, desocupados de toda laya, altos ejecutivos y, sobre todo, políticos, para dar un cambio radical a sus vidas.
   Me veo a todos deseando ponerse las pilas o en pleno acto de ponérselas y, sobre todo, encareciendo a los demás que se las pongan. Porque la mayoría de los especímenes que operan con semejante fuerza motriz tienen muy asumido que sus pilas funcionan a la perfección, siendo los demás los que han de aplicarse a ponérselas, para que no les ocurra como a las figuras del anuncio. Así que oímos que el niño no aprobará si no se pone las pilas, que Maruja tiene que ponerse las pilas para encontrar trabajo, que el tendero o el emprendedor que no se pone las pilas no podrá salir adelante o que el pesimista debe ponerse las pilas para ver el mundo de otra manera. 
    Pero sobre todo vemos a militantes políticos, concejales, alcaldes, consejeros y diputados autonómicos, parlamentarios y demás fauna local, autonómica y nacional, recurrir a su manido manual de instrucciones para recomendar o sus adversarios que se pongan las pilas –“Señor Rajoy, póngase las pilas y deje de marear la perdiz”- o recriminarles porque no se las han puesto –“Los malagueños deberían obligar a las autoridades a ponerse las pilas”.
   Si Volta levantara la cabeza y se diera un voltio por este mundo de locos, no dejaría de sorprenderse de que su invento haga pensar y actuar –y de qué manera- a las personas, además de mover aparatos y proporcionar energía lumínica. Y nosotros, ingenuos y menos lúcidos, asombrados e inermes espectadores de estas tareas, nunca podemos ver cómo son esas pilas, por dónde se las meten ni dónde las llevan.