viernes, 8 de abril de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XV): Que te cagas                                                      

Goya retrató a la marquesa de Pontejos, una luminosa mañana de primavera, con un vistoso traje de tonos azules agrisados, adornado con faja, cintas y rosas y una sobrefalda de gasa. Todo ello rematado con la aureola de un sombrero redondo y con unos elevados chapines.
  Pero lo importante es el perrillo faldero que la precede. Si le preguntáramos a la dama, diría que ha salido a pasear al can; pero ella sabe que lo ha sacado a hacer pis, o pipí, e incluso popó; y ella y nosotros lo damos por sabido, sin necesidad de mentar los nombres verdaderos o endulzados de tan excusadas operaciones. Algún castizo de entonces podía pensar que lo llevaba a mear y a cagar; pero sólo gañanes, carreteros y gentes de parecida condición se atreverían a decir esto del perro, e incluso de la propia marquesa; y aún más, a afirmar que “en este mundo traidor nadie de cagar se escapa: caga el pobre, caga el rico, caga el obispo y el papa”.
   Pues bien, la marquesa y otros tantos bienhablados, como usted y como yo, seguramente se escandalizarían al saber que los habladores silvestres inventaron la expresión “Que se caga la perra” –o en su defecto, “Cágate, lorito”- con la que ponderar el exceso y la demasía, para lo bueno y para lo malo, de lo conocido o mentado. Pero luego los habladores alternativos de las tribus urbanas se olvidaron de la perra, dejando el dicho en un escueto y brutal “que te cagas” (tú, yo, él, todos).
   Y desde entonces, a los jóvenes informales, a los hijos de buena familia, a las señoras bien, al caballero fino y atildado, les pareció bien aplicar tan delicada expresión a una comida, a un regalo, a una bronca, a un hombre o mujer feos o de buen ver. Por eso ahora salpimentan, una y mil veces, la nada de su cháchara insustancial con un inapelable “que te cagas”, en encuentros familiares, en tertulias y reuniones formales, en la mesa, e incluso en misa. Así que de los tales, parafraseando al visionario Quevedo, se podría decir: “Nunca que yo sepa,/ se les cayó la mierda de la boca”. Es que, con perdón, te cagas.