viernes, 8 de abril de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XIII): Entregar la cuchara                                          

Una de las ocupaciones más peregrinas a los ojos de los observadores curiosos de la vida alrededor es la de entregar la cuchara; labor que se presenta como no deseada por muchos o como desgraciadamente cumplida por otros. Así que no debe de tratarse de nada bueno si los miembros de la clase política, modelo y buen ejemplo de entrega y dedicación a los demás, dicen que no están dispuestos a tirar la cuchara en este proyecto, en tal decisión o en aquel compromiso; aunque los malpensados, que siempre los hay, no dejan de preguntarse para qué necesitan los prohombres y supermujeres que nos gobiernan utilizar este instrumento culinario fuera de las comidas si no es para meterlo en el guiso de todos.
   Esto, por no hablar de las inquietudes y temores que provoca el abandono del citado cubierto en los elementos de la grey futbolera, a quienes en cualquier momento se les ve decididos a no entregar la cuchara, pese a la adversidad.
   En eso están los gestores de la cosa pública, sean concejales, alcaldes, consejeros, presidentes de esto o aquello, directores generales o ministros; y también los manifaceros de la pelota, desde el más alto directivo al extremo izquierdo o el utillero. Y es que unos temen el reproche y el descrédito que les supone tirar la cuchara en el asfaltado de una calle, en la construcción de un aeropuerto faraónico o en la reforma innecesaria de una ley; y los otros, entregarla tras un penalti injusto o, prematuramente, antes de que acabe el primer tiempo. Así que a estos y a aquellos los vemos, más que tirando la cuchara, guardándola, para que nadie pueda tomar su entrega como prueba de desistimiento y derrota.
   Pero de qué cuchara hablamos. Las huestes del Gran Capitán, que tomaban como trofeo la cuchara de palo que los jenízaros del Gran Turco llevaban en el gorro, tras hacerlos prisioneros o darles muerte, se sorprenderían un tanto de la trivialización de tan heroico acto. Y, sin ir más lejos, los ciudadanos asistimos con cierto asombro, si no con preocupación, a esta ocupación virtual de entregar o no entregar la cuchara porque pensamos que, como ocurre con tantas cosas, no nos puede traer nada bueno. Y si no, al tiempo.