jueves, 8 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (II): Tocarse la ****                                              

Esta expresión un tanto bronca y desapacible, surgida de las entrañas de la parla murciana, lejos de las torcidas interpretaciones de los malpensados, en muy pocos casos alude a lo que ellos malpiensan. De estas excepciones apenas hablaré por tratarse de acciones condenadas por obscenas por la Santa Madre Iglesia; aunque hay tratadistas, como Carmen de Triana, que dicen que tocarse la tal cosa “es muy sano”, a una o a dos manos. 
   Yo, comedido en mis juicios y ajeno a las polémicas, glosaré la utilización casi exclusiva de la dicha manifestación del toqueteo de la corporal anatomía en dos casos concretos. En uno, como arma arrojadiza contra los juicios y acciones de las demás, mandándoles en forma imperativa que se callen o, más bien, que se ocupen de sus asuntos. En otro, como recurso descriptivo que nos pinta a la destinataria dedicada al dolce far niente, a una desocupación que no es oficio ni da beneficio, como a aquellos otros y otras de quienes decimos que se están rascando la barriga o tocando la frente, las narices e incluso alguna de sus comperdón partes; toqueteo que es imagen viva de su entrega a tareas de ninguna utilidad. 
   Pero no descalificaré esta expresión por razones morales ni por atentatoria a la igualdad de género, ya que existen otras de igual o mayor rudeza dedicadas también a los hombres, o al género humano sin excepción, que se utilizan con especial descaro y profusión. Mi propuesta es abandonarla por razones exclusivamente filológicas, dado que el sustantivo seta ha sufrido un proceso de marginación y de olvido, que lo lleva inevitablemente a la desaparición. Vayan ustedes a la taberna de confianza y pidan el acostumbrado revuelto de setas y verán la cara de sorpresa del camarero. Y vean uno de los innumerables programas televisivos de cocina y escuchen cómo el cocinero, chef, masterchef o aprendiz de pinche nunca dirá la proscrita palabra. Unos y otros hablarán exclusivamente de revueltos, salsas y otros mil platos de boletus; pero no de setas. 
   Obligados a sustituir seta por boletus, comprueben cómo nuestra frase quedará tan redicha e incomprensible que solo provocará la risa. Por eso, lejos de proponer su reforma, abogamos por su olvido, que ya ncontraqremos otra que diga bien lo que queremos decir. Y si no, a tocarse el boletus.