jueves, 7 de septiembre de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (III): La vuelta de los zaragüelles                    

Como ustedes son buenos observadores, no es necesario que yo les diga que hacia el mes de mayo, “cuando hace la calor y los trigos encañan”, las sanas y renovadas costumbres de estos tiempos, que uniforman a ciudadanos ilustres y seres humildes y silvestres, dictaminan que los hombres han de acortar el pantalón en una medida más o menos considerable, que va del largo tipo bermudas del Caribe al escueto taparrabos estilo Tarzán de los monos. Y es cosa de ver cómo mozos imberbes y hombres barbados dejan en pelote las piernas hasta ahora blancas y siempre peludas.
De esta guisa los vemos despatarrados en el sillón o en el sofá familiar; pero también cuando acuden a la playa sin el albornoz antaño reglamentario o van prestos a comprar el pan. Y la moda impone que este escueto aliño indumentario sea el que exhiban en terrazas y paseos de la urbanización playera y de la gran capital; y los jóvenes asisten con el dicho aditamento a espectáculos y jolgorios, y también a la escuela o la universidad; y el ciudadano respetable acude a la consulta de la Seguridad Social, a la conferencia o al concierto con la citada prenda, ya sea de buen tejido y mejor corte o el calzón de deporte lleno de candiles con que entrena, juega al pádel o corre la media maratón. Por no hablar del ajuste del calzón, que puede ir del canutillo que marca el paquete al de amplios vuelos, que, al sentarse y cruzar las piernas, puede dejar al aire los pelendengues de entre las tales.
Así que, visto lo visto, me digo a mí mismo que en esto de la moda no hay nada nuevo bajo el sol; y me pongo a pensar que, como las nubes del cielo que contemplaba Azorín, todo va y viene en un eterno retorno que nos lleva sin darnos cuenta de los zaragüelles huertanos al calzón corto, que hoy como ayer acreditan estar a la moda, tanto a diario como en las fiestas de guardar. Que a largo plazo, como ya dijo el inmutable Parménides, todo permanece y nada cambia, mal que nos pese.